
Sé que estoy donde tengo que estar, lejos, y que un día me acostumbraré al aire puro, porque sé que es lo que me conviene. A cada momento que pasa percibo más claramente mis pensamientos, cada uno de mis movimientos es más preciso, y mis ideas y mi lengua más afiladas. He cambiado, para bien, y lo sé, no me jacto, simplemente lo sé.
Pero te miro a ti, y sigues ahí, rodeado por esa humareda y esa tela de araña que has tejido en torno a ti, alejando lo poco bueno que tú y yo sabemos que tenías en tu vida, ahogándote en espirales de alcohol, de fiesta y de egolatría, incapacitado para admitir que tu vida necesita un nuevo rumbo. Necesitas que alguien te pare los pies, una ostia a tiempo, no esa micro-persona que justifica hasta tus mayores desatinos. Lo que sea, pero despierta, por favor. No pierdas a esa gran persona que siempre ha estado ahí porque no dice amén a todos y cada uno de tus despropósitos. Ojala pudiera hacer algo al respecto, pero ya no eres parte de mi vida, tu ego no aceptaría nada de mí, ni aunque yo fuese un cartel de luces de neón de dimensiones desproporcionadas indicando la solución de tu vida, y solo podré quedarme como mera espectadora, viendo cómo te ahogas lentamente, sin poder hacer nada.


