Ésta es la enésima vez que te escribo desde que empecé este blog, y aunque el mensaje ha ido variando claramente, o al menos eso espero por mi bien, resulta curioso que, a pesar del paso del tiempo, siempre queda algo que decirte.
Empiezo a creer que nuestra inexistente relación es como un enorme pez fuera del agua. Lo sacas, y lo tiendes sobre el suelo, observándolo mientras expira, pero ves cómo colea, y se retuerce, salpicando a quienes lo miran. Y cada vez se mueve menos, con menos intensidad, pero no puedo dejar de mirar los estertores de la muerte, esperando el último de ellos y el posterior silencio sepulcral que tanto anhelo.
Pero no, en forma de ínfimas gotas aún te las ingenias para salpicarme. Y yo, que sigo ahí mirando, las noto. A veces, tus movimientos son como el aleteo de una mariposa, imperceptibles, pero perfectamente calculados y con efectos devastadores. Y debo reconocer que es mi culpa, por seguir hipnotizada con la dichosa danza de la muerte de algo que a veces dudo en si mereció la pena.

