El parque siempre había estado ahí, inicialmente uno de los pocos pulmones verdes en aquella ciudad, antaño gris, que se había tornado moderna y emergente, puliendo una belleza que siempre existido para quien quisiese verla.
No era el habitat natural de ella, había estado allí, si, paseando en un enorme triciclo rojo que alquilaban en la caseta en su tierna infancia, e incluso había respirado la tranquilidad de tumbarse al sol en el cesped, sin más compañía que un libro, en temporadas que su vida personal la perturbaba sobremanera, pero nunca había sido una constante en la vida de ella.
Pero lo cierto es, que llevaba unos pocos meses pasando horas que desearía que fueran eternas en aquel parque. Primero en el cesped, después, cuando la hierba se volvió fría, en los bancos. No iba sola al parque, iba con ÉL, el nuevo él de su vida. Y resulta que había descubierto la felicidad en la más absoluta sencillez: un parque, un par de cervezas, caricias, susurros, unas manos entrelazadas y besos, cientos de miles de besos al son de un tímido y titubeante te quiero.
Ella no buscaba nada más, opinaba que los actos grandilocuentes solo enmascaraban la verdadera naturaleza de las cosas, pero en ocasiones, temía ahogarse entre tanta sencilla perfección. Quería vivir el momento, y realmente deseaba con todas sus fuerzas poder abrirse, y reconocer ante él que la había ganado, poco a poco, sin hacer nada, solo con su compañía, pero realmente temblaba ante aquel punto de inflexión.
Abrirse, equivalía a mostrarse vulnerable, reconocer ese pellizco en el estómago cada vez que llevaban demasiados días sin verse, suponía demostrar necesidad. Si destapaba la urna de sus sentimientos, temía que los días de sencillez en el parque terminarían, dando paso a complicadas tardes en algún nuevo lugar, pero también sabía que no podría quedarse en el parque por siempre. Dificil cuestión.

