
He tenido el corazón hecho añicos en un número creciente de ocasiones. Se me rompe bastante fácilmente, el pobre está harto de tantos trotes y sufre achaques impropios de la edad. No se me rompe solo por cuestiones amorosas; las amistades fallidas, las decepciones, las traiciones vividas, y un largo etcétera contribuyen a que el pobre viva siempre en vilo, porque encima tiene que convivir con un caracter de una sensibilidad extrema que lo hacen estar expuesto a contínuos vaivenes.
Siempre he recogido los cachitos uno a uno, dependiendo la velocidad de recogida del tamaño de los mismos, he recompuesto el corazón y he pegado los trozos de la mejor forma posible. Cada vez son más visibles las cicatrices, pero siempre consigue estar entero.
Pero esta vez no, me rompieron el corazón sin siquiera yo ser consciente de ello. Y una vez que vi los trozos en el suelo, decidí que no tenía más remedio que agacharme a recogerlos. No he podido. No es que no sea suficientemente fuerte, sino que cada vez que me agacho a recogerlos surge algo más. Alguien, más bien él, pisotea esos trozos hasta convertirlos en simple polvo de cristal, y mientras ese polvo se me cuela entre los dedos, algo aún más inverosímil sucede, y es como si estuvieran pisándome los dedos. Voy a necesitar algo más que super-glue para recomponerme esta vez. Un corazón de piedra, de hierro, lo que sea. Algo en cuya caja no ponga FRÁGIL.
¿Cuánta más mierda puede salir? ¿Cuánto daño se puede llegar a infligir a una persona desde la inconsciencia, del no pensar?
Al menos aún estoy contenta de ser yo, porque hay peores cosas. Podría ser él. Y él tiene que convivir consigo mismo, lo cual creo que es el mayor castigo divino al que puede ser sometido.



