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domingo, 15 de agosto de 2010

A puerta cerrada


A puerta cerrada, a falta de llave con la puerta atrancada, para que nadie pueda interrumpir la danza de dos cuerpos sedientos de placer, recorriendo con los labios caminos mil y una veces explorados, abriendo nuevo senderos, donde gemidos y jadeos son la única banda sonora. Al final una huida, aunque la luz del amanecer ya ilumina las culpas de ella, y la deja a merced de las consecuencias de sus actos, y de su humana condición de tropezar varias veces con la misma piedra.


Nunca cometer errores tan garrafales fue tan placentero.


martes, 10 de agosto de 2010

Al borde...




En ocasiones Paulo Coelho me da arcadas. Y antes de que ningún acérrimo defensor de "El Alquimista" se lleve las manos a la cabeza, diré que no me meto con sus facultades como novelista, y mucho menos como escritor. Simplemente no puedo soportar ese neopositivismo aleccionador del que hace gala en sus columnas de semanario dominical, donde la palabra felicidad es la más repetida, y su mundo de Pin y Pon y gominola hace que se me suba el azucar hasta cotas inaceptables.

Nadie puede negarle grandes frases, e incluso momentos filosóficos inspiradores, pero a veces, llega el momento en que no me lo creo a él. No puede existir alguien tan Zen, espiritual, equilibrado y blanco. Y menos para alguien como yo, que se siente atraida por el lado oscuro de las personas, una especie de Alicia siempre al borde de un precipicio lleno de tinieblas, que ni siquiera necesita seguir al Conejo Blanco para precipitarse al vacío. Y así me va, claro. De ostia en ostia y tiro porque me toca. Vamos, que este año las colecciono, y ya las tengo hasta "repe".

Seguramente acercarme un poco a la luz me vendría bien, incluso adueñarme de cierta cantidad de filosofía barata, algo así como "Manual para gilipollas emocionales que necesitan sanar su vida". Puede que Bridget Jones tuviese el libro de autoayuda que necesito. Creo que me conformaría con un "Usted puede sacar la mierda de su vida y evitar que le vuelva a caer encima". Francamente, sería genial, lo necesito, hacer una limpieza profunda, sé que es lo que me hace falta, pero siempre me surge el mismo miedo, y es de los buenos. ¿Qué sucede si hago limpieza y descubro que no queda nada más? ¿Si quito la mala hierba y descubro que no queda nada plantado?

Estoy realmente aterrada ante la simple idea de estar sola, porque a pesar de que ya me siento así, sentirlo y estarlo podrían resultar una combinación demasiado dolorosa, y tengo dolor de sobra últimamente.

Puede que algún día pueda volver a ser la chica feliz y transparente que sé que un día fui, y aleccionar con mi filosofía de mercadillo a mis congéneres, pero hay una frase que, ahora mismo, me saca de mi ensoñamiento y me hace ir hacia adelante:



"Nadie puede hacerme sentirme mal sin mi permiso"

viernes, 30 de julio de 2010

Escalera de color


Últimamente me ha dado por jugar al póker. No hace mucho que aprendí, una tarde en un bar entre mucho kalimotxo y humo cargado de olores varios. Aún no sé cómo conseguí retener tanta información con una neuronas tan desgastadas, y más teniendo en cuenta mi manifiesta nulidad para el mus y otros tópicos universitarios. Será que he pasado más tiempo en clase que en la cafetería, buena señal.
El caso es que el póker me intriga sobremanera, y he estado practicando, y mucho. En persona, online y con mi vida y mis emociones. Porque todo, absolutamente todo, lo que me ha pasado últimamente es comparable con el póker. Nadie a mi alrededor es lo que parece, tienen una jugada en la mano que nunca llegan a enseñar, tener las mejores cartas no te garantiza la victoria, y además tengo que poner cara de que nada ocurre, porque al menor atisbo de emoción los buitres se abalanzan sobre mí como si de un trozo de carroña se tratara. Una danza de cálculos mentales, gestos calculados, sonrisas forzadas y besos malintencionados, que giran en espiral, mareándome y sumergiéndome en una vorágine sin precedentes, en la que resistir y no ser vencida es mi máxima.
Al menos ahora, que ya sé que estoy jugando, porque antes era el monigote que desconocía que estaba jugando a un juego tan serio, que acabar con el alma hecha añicos es lo más leve que me puede pasar. Y en mi estupor al verme rodeada de tanto despropósito he decidido buscar una salida, pero una salida a la altura de las circunstancias y de las apuestas manejadas. Un farol en toda regla, de película, con todas mis emociones contenidas en un estúpido segundo en el que creí que mi corazón se había fusionado con mi cerebro y solo podía sentir mis sienes palpitar. Me tiré el farol de mi vida, a costa de mi felicidad e infelicidad sentimentales futuras, un todo o nada que me va a pasar factura salga bien o mal.
Han pasado varios días desde ese momento, y la dificultad de mantenerlo aumenta exponencialmente a medida que lo hacen los temores también. No sé bien qué hacer. Puede que un pequeño rasguño a tiempo me haya traído la tranquilidad futura, o que yo sola haya dado por perdida una partida empatada. No lo sé. Ojalá una escalera de color apareciese en mi rescate, la necesito, necesito ganar esta partida y demostrar que conmigo no se juega.

lunes, 26 de julio de 2010

Ojala no te hubiera conocido nunca





¿Por qué las decisiones inteligentes duelen tanto? ¿Por qué a pesar de saber que estás haciendo lo correcto, te sientes peor que si no hubieses hecho nada?


Creo que nunca había visto gente tan retorcida. Íbais a acabar con mi salud mental. No puedo más. En serio, que os den.

martes, 20 de julio de 2010

Desencuentros en la tercera fase.

Un kalimotxo, dos kalimotxos, N kalimotxos. Te ves envuelta por esa densa nube del alcohol. La mente baila y juega. Afloran sentimientos que creías haber encauzado perfectamente en dirección al olvido, y notas como la caballería vuelve al galope, dispuesta a arrasar los campos que veías reverdecer últimamente. Plantas los pies en el suelo, procuras que lo único que se mueva sea el dichoso barco sacudido por el vaivén alcohólico, y pones cara de póker. Que nadie vea que estás en plena nostalgia, mientras reconstruyes los diques con los que habías ganado esos valiosos metros. "A la mierda!!!" surge un rugido interno mientras te dejas arrastrar por la música, brincando y gritando cual posesa.
Y de pronto zas! Un desencuentro, cara a cara. Porque las veces que os habíais visto a cierta distancia, no cuentan. Alguien a quien no esperabas ver, un choque que siempre temiste, porque jamás sabrías cómo reaccionar. No era "ÉL". Pero tampoco se quedaba atrás. "Sigue con la cara de póker" piensas en tu delirio ebrio, mientras buscas que tus palabras suenen coherentes, porque lo de sonar inteligente, o en su defecto ingeniosa sabes que está fuera de tu alcance esa noche. Y, de pronto, oh sorpresa, descubres que la tirantez en tu cara no es tal, y que tampoco te sientes particularmente tensa. Salvas la situación, una pseudoconversación medianamente normal, amable incluso, con mucha menos incomodidad de la que jamás habrías previsto. Nunca volverá a ser lo de antes, pero te conformas con saber que ya no albergas instintos asesinos.
Y te sientes extrañamente madura, por encima de algunas cosas, con cierta fortaleza, aunque claro, todo ello magnificado por el caleidoscopio kalimotxil que llevas encima. Cosas que pasan...

jueves, 24 de junio de 2010

Pasear descalza por el parque


Aquél día no tenía nada mejor que hacer. Cogió sus cosas, las dejó sobre el cesped y se tumbó en la hierba del parque. El sol, se colaba por entre las ramas del árbol bajo el que se cobijó, acariciando su piel. Se dejó envolver por el ambiente, sintiendo la magia de aquél inicio del verano. La respiración pausada, el frescor de la hierba bajo su cuerpo, y una cierta sensación de felicidad.


Le vino él a la memoria. Aquella fantástica tarde en aquél mismo parque, las manos entrelazadas, el contacto con su piel. La verdad es que no recordaba mucho más, quizá aquella horchata que compraron juntando las pocas monedas que llevaban encima. Pero por encima de todo recordaba la paz de aquella tarde. El volver a casa como si hacía días que hubiese salido de ella, después de haber viajado lejos, infinitamente lejos, a un planeta de solo dos habitantes.


Una lagrima se le escapó, tras aquellas gafas de sol. No se molestó en enjugársela, dejó que la gravedad hiciera de las suyas, para después dejarla caer al cesped. No era una lágrima de tristeza, en realidad, estaba contenta de haber podido recordar algo así. Algo bonito, para variar. Así que intentó acordarse de cosas bonitas, para poder archivarle a él, pensar en que algo bueno le tenía que haber dejado, cosas que le hicieran sonreir, porque se negaba a pensar que todo el tiempo invertido en él solo hubiese servido para "aprender la lección" y alimentar un rencor que había días en que lo había sentido tornarse odio.


E hizo la maleta de los recuerdos. Solo unas pocas cosas, lo suficientemente bonitas para poder sonreirle. Aquella ridícula flor barata, unos pocos cientos de sms, y por encima de todo, su olor. Aquella mezcla de colonia y tabaco, con lo que ella odiaba el tabaco, que combinados sobre su piel se volvían un imán irremediable, despertando los deseos más primarios, de una forma completamente animal. Ese olor que podía distinguir incluso en el bar mas atestado.

Sonrió para sus adentros.


- ¿Buscas algo bonito y te acuerdas de su olor?Pues estamos apañadas...

- Bueno, supongo que mejor recordar un olor que el hecho de que es un cabrón sin escrúpulos.

- Pues sí, mejor nos quedamos con el olor.


El sonido del móvil interrumpió sus reflexiones. Paradójicamente era él. Dejó que sonara, hasta que no le quedó más remedio que cogerlo. Y por vez primera no se sintió con ganas de ser amable, ni educada tan siquiera. El colgó, malhumorado. Y ella sonrió, petulante.


La sonrisa dio lugar a la carcajada, y por fin se sintió libre. Y supo que a pesar de todo iba a ser feliz, porque nadie tenía derecho a empañar su felicidad, exceptuando ella misma.

lunes, 21 de junio de 2010

La mujer en el espejo


Hoy miro atrás y no consigo recordar dónde la puse. En qué punto del camino empezamos a andar en direcciones opuestas. Y la busco porque la necesito. La necesito para poder tener el valor de mirarme al espejo todas las mañanas, para sentir que ando por la vida y no me arrastro, sumida en una espiral absurdamente autodestructiva, al borde de un abismo que nunca antes conocí.
Y lo peor es que no sentí haberla perdido, hasta que el otro día me miré al espejo y no me encontré. "Esa no soy yo", me dije, y busqué con la mirada aquello que por fin comprendí que había perdido. Día a día estos últimos meses la había ido hiriendo, superficiales arañazos al principio, golpes y bestiales palizas después. Hasta que el otro día le asesté la más mortal de las puñaladas, y después la pisé, sin siquiera percatarme de la herida que me había autoinfringido. Quiero rescatarla y curar sus heridas, porque solo así sanaré yo misma, y podré reunir todo ese valor, para poder mirarme en el espejo, y sentirme orgullosa de ser yo misma.
Necesito que vuelva, mi DIGNIDAD.