
Últimamente me ha dado por jugar al póker. No hace mucho que aprendí, una tarde en un bar entre mucho kalimotxo y humo cargado de olores varios. Aún no sé cómo conseguí retener tanta información con una neuronas tan desgastadas, y más teniendo en cuenta mi manifiesta nulidad para el mus y otros tópicos universitarios. Será que he pasado más tiempo en clase que en la cafetería, buena señal.
El caso es que el póker me intriga sobremanera, y he estado practicando, y mucho. En persona, online y con mi vida y mis emociones. Porque todo, absolutamente todo, lo que me ha pasado últimamente es comparable con el póker. Nadie a mi alrededor es lo que parece, tienen una jugada en la mano que nunca llegan a enseñar, tener las mejores cartas no te garantiza la victoria, y además tengo que poner cara de que nada ocurre, porque al menor atisbo de emoción los buitres se abalanzan sobre mí como si de un trozo de carroña se tratara. Una danza de cálculos mentales, gestos calculados, sonrisas forzadas y besos malintencionados, que giran en espiral, mareándome y sumergiéndome en una vorágine sin precedentes, en la que resistir y no ser vencida es mi máxima.
Al menos ahora, que ya sé que estoy jugando, porque antes era el monigote que desconocía que estaba jugando a un juego tan serio, que acabar con el alma hecha añicos es lo más leve que me puede pasar. Y en mi estupor al verme rodeada de tanto despropósito he decidido buscar una salida, pero una salida a la altura de las circunstancias y de las apuestas manejadas. Un farol en toda regla, de película, con todas mis emociones contenidas en un estúpido segundo en el que creí que mi corazón se había fusionado con mi cerebro y solo podía sentir mis sienes palpitar. Me tiré el farol de mi vida, a costa de mi felicidad e infelicidad sentimentales futuras, un todo o nada que me va a pasar factura salga bien o mal.
Han pasado varios días desde ese momento, y la dificultad de mantenerlo aumenta exponencialmente a medida que lo hacen los temores también. No sé bien qué hacer. Puede que un pequeño rasguño a tiempo me haya traído la tranquilidad futura, o que yo sola haya dado por perdida una partida empatada. No lo sé. Ojalá una escalera de color apareciese en mi rescate, la necesito, necesito ganar esta partida y demostrar que conmigo no se juega.


2 comentarios:
Mirándolo desde este punto, la vida si parece una partida de póker. Y hay muchos como tú dices que saben jugar sus cartas sin importar los demás. Habrá que perfeccionar el juego.
Un besazo!
Habrá que perfeccionarlo, y mucho!!! Una vez me ganan, dos ya... NO.
Un beso!!
Publicar un comentario